Una lectura de la Parroquia de Santo Tomás Apóstol La Palma y de la capa comercial que terminó sustituyendo su presencia pública sobre Circunvalación.
1Un edificio que no estaba escondido
Manejé por Circunvalación casi todos los días durante años. Soy arquitecto: mirar edificios es literalmente el oficio. Nunca vi la Parroquia de Santo Tomás Apóstol La Palma.
No estaba tapiada. No estaba en ruinas. No estaba atrás de nada. Estaba exactamente donde está hoy, con sus dos palmeras asomando sobre la avenida.
Cuando por fin la vi —y "por fin" es la palabra, porque fue un descubrimiento tardío y algo vergonzoso— lo primero que pensé no fue qué bonita. Fue cómo es posible.
Hay explicaciones cómodas. El Mercado de las Flores, naranja y gritón, se lleva la mirada desde el primer día. El tráfico de Circunvalación obliga a mirar el volante. Pero eso no explica que, una vez vista, la parroquia me pareciera obvia. Un edificio no desaparece por distracción del que pasa. Desaparece cuando otra cosa ocupa su lugar en el campo visual y hace su trabajo mejor que él.
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2Nombrarlo
Llamo estética de la apropiación al resultado visible de un proceso en el que un espacio construido es ocupado, cubierto y reinterpretado por usos ajenos a su proyecto, hasta que la lectura pública del edificio deja de corresponder al edificio.
Cuatro condiciones me parecen indispensables. Que exista una arquitectura previa con identidad legible. Que se acumule sobre ella un uso que nadie había previsto. Que la acumulación sustituya —no acompañe— la lectura pública del edificio. Y que nadie la haya diseñado.
La última es la que sostiene todo lo demás. Sin ella esto sería escenografía, intervención o publicidad.
No es adaptación: la adaptación negocia con el edificio. No es reutilización: la reutilización entra. No es deterioro: aquí no falta nada, sobra. No es collage: el collage tiene autor y tiene marco. Y no es apropiación cultural, que discute quién tiene derecho a usar un símbolo. Aquí nadie discute nada. Aquí se cuelga.
La parroquia es el caso donde encontré el término. No es el único lugar donde funciona.
3Zona de amortiguamiento
El Centro Histórico de la Ciudad de México entró a la lista del Patrimonio Mundial el 11 de diciembre de 1987, junto con Xochimilco. Está dividido en dos perímetros. El A concentra la mayor parte de los inmuebles de valor en 2.7 km². El B lo rodea con 7.31 km² y algo más de seis mil inmuebles, y su nombre oficial en el instrumento que lo define es zona de amortiguamiento.
Vale la pena detenerse ahí. Amortiguar es absorber un golpe para que no llegue al otro lado. La parroquia lleva décadas parada dentro de la franja que la ciudad designó, por escrito, para recibirlo.
La Palma está en el perímetro B, pegada al borde del A. La línea que separa a los dos es Circunvalación: la avenida por la que yo pasaba.
Del edificio se sabe poco y lo poco es elocuente. Probablemente lo levantaron los agustinos en el siglo XVI como una ermita de adobe, en un barrio de indios que se llamó Zoquiapan y, en el punto exacto, Ayauhcalco: la casa de las nieblas. El templo que hoy se ve empezó a construirse en 1728. Fue ayuda de la parroquia de la Soledad de Santa Cruz hasta que la secularización de los curatos le dio párroco propio, en 1772. En el siglo XIX le rehicieron la bóveda y le agregaron el atrio con sus muros de arcos invertidos y el pórtico. Es decir: en el siglo XIX le agregaron precisamente los muros que hoy sostienen el comercio.
Cambió de orden religiosa, de jurisdicción, de nombre y de barrio. La Palma tiene experiencia en volverse otra cosa. Lo nuevo no es que haya cambiado. Lo nuevo es que esta vez no la cambió nadie en particular.
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La secuencia se puede armar sin salir de la computadora. Street View de mayo de 2009. La fotografía de Benjamín Arredondo de marzo de 2014, donde ya llama al templo oprimido. Las mías, de 2023. Puestas en fila, las tres no muestran un edificio deteriorándose. Muestran un edificio siendo cubierto.
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4El burladero
En junio de 2019 el gobierno de la Ciudad de México empezó a instalar estructuras metálicas sobre Anillo de Circunvalación, en La Merced, en conjunto con las alcaldías Venustiano Carranza y Cuauhtémoc. La meta declarada eran 3,120 estructuras a lo largo de veinte cuadras, de Fray Servando al Eje 1 Norte. Arrancó con la reubicación de 850 puestos. Los objetivos oficiales: movilidad vehicular y peatonal, seguridad pública, imagen urbana.
Les pusieron burladeros.
Un burladero es la tabla detrás de la cual el torero se refugia del toro. La palabra ya traía la idea adentro: alguien va a burlar a alguien. Nadie se preguntó quién.
La medida funcionó, en parte. Sobre el arroyo vehicular casi no queda comercio. Pero en la banqueta el burladero hizo algo que no aparece en el boletín: le resolvió al comercio informal el problema más caro de un puesto, que es el muro.
Un puesto necesita una cara hacia la calle. Algo firme, continuo, a la altura del cuerpo, donde colgar y contra qué apoyar. El gobierno instaló tres mil ciento veinte de esos, de fierro, alineados, gratis. Al comerciante le quedó pendiente nada más lo de adentro: las divisiones, el techo, la lona. Lo demás ya estaba puesto.
La barrera se volvió estructura. La contención se volvió fachada.
Y hay un detalle que me parece el más elocuente de todo el caso: el logo del gobierno de la ciudad viene impreso en el burladero. El emblema de la autoridad que instaló la barrera es hoy parte del muestrario. Está ahí, entre las toallas.
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5La fachada que ganó
Umberto Eco discutió la arquitectura como una forma de comunicación de masas y observó que la mayoría de los objetos arquitectónicos no fueron hechos para comunicar sino para funcionar.
La fachada de La Palma es de las excepciones. Fue construida para comunicar. Tiene un relieve de Cristo en la cruz rodeado de un cortinaje que sostienen unos ángeles: un dispositivo de comunicación de masas del siglo XVIII, con su iconografía, su jerarquía y su público.
Perdió contra una cartulina fosforescente.
No perdió por fea ni por vieja. Perdió porque la cartulina está más cerca, está más abajo, cambia todos los días y dice un precio.
Venturi y Scott Brown fueron a Las Vegas a aprender de un paisaje construido para el automóvil y volvieron con una distinción que sigue sirviendo: el galpón decorado, un edificio genérico al que se le cuelga un letrero que hace todo el trabajo simbólico. La Palma es un galpón decorado con dos diferencias. El galpón no es genérico, es una parroquia del siglo XVIII. Y el letrero no fue diseñado para el galpón: le cayó encima trescientos años después, desde otra economía, con otros clientes y otros dioses.
A Las Vegas hay que ir. La Palma la encontré igual que ellos, desde un coche y a velocidad de avenida. La diferencia es que a mí el paisaje me funcionó tan bien que me borró el edificio.
Lo que cuelga tiene catálogo, y lo anoté. Una bolsa de Rayo McQueen. Banderines de Barbie. Loncheras de los Minions y de la Cenicienta. Una bolsa de mercado de Elsa. Playeras de los Bulls. Ropa de Levi's, ropa de Adidas. Toallas con modelos al desnudo. Cartulinas fosforescentes con precios en tipografías imposibles. Rótulos pintados a mano. Un letrero de sincronizadas, hamburguesas y hotdogs a la entrada del pórtico.
Casi todo eso es pirata, y ahí está la vuelta de tuerca. Una playera de los Bulls comprada en Circunvalación es un objeto que se apropió de una marca, colgado de un puesto que se apropió de un muro, en un edificio al que la avenida le cambió de dueño simbólico. Apropiación dentro de apropiación: metapropiación. La condición no es la piratería en sí. Es que el material con el que se levanta la nueva fachada esté hecho, a su vez, de identidades tomadas.
Nada de esto es un estilo. Es lo que pasa cuando cien decisiones chicas, tomadas por gente que no se conoce entre sí y que no está pensando en arquitectura, terminan produciendo una fachada.
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6Negación por adición
Shane Reiner-Roth propuso el término denial aesthetics para hablar de objetos que niegan su propia naturaleza para comunicar un valor superior al suyo, y barato. Sus ejemplos tienden a la delgadez: cosas diseñadas para volverse invisibles.
En La Palma la negación va al revés. Aquí nada adelgaza. Aquí se engorda. La fachada no se niega volviéndose transparente, se niega quedando sepultada bajo cosas. Negación por adición.
Y no es del todo inconsciente, aunque tampoco es un plan. El comerciante sabe perfectamente que está tapando un muro: lo necesita para amarrar la lona. Lo que nadie decidió fue borrar una parroquia de la avenida. Eso salió solo, como sale el desgaste en un escalón.
Pallasmaa reclama que la arquitectura moderna privilegia el ojo y deja a los otros sentidos en ayunas. La Palma es el problema contrario, y no lo resolvió ningún arquitecto. Ahí están todos los sentidos encendidos al mismo tiempo: los albures saliendo de una bocina, el ruido de la avenida, el olor de la comida mezclado con el de las flores del mercado, el fierro del burladero que hay que ir tocando para poder pasar.
Porque hay que pasar. Entre el burladero y la fachada queda un pasillo del ancho de un cuerpo. La apropiación no cambió nada más lo que se ve: cambió el umbral, el recorrido y la velocidad a la que uno llega. Se entra a misa de lado.
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7Lo pulido que no llega
Byung-Chul Han, en La salvación de lo bello, describe una época que confundió lo bello con lo pulido: lo liso, lo limpio, lo higiénico, lo que no ofrece resistencia. Bajo esa definición el puesto es exactamente lo contrario de lo bello.
Pero hay que mirar lo que cuelga. Cada objeto de ese puesto aspira a lo pulido. Las marcas que se piratean son precisamente las marcas lisas. Los personajes son de plástico brillante. El puesto no es una rebelión contra lo pulido: es un intento de llegar a lo pulido con lo que hay. No llega nunca. Y en esa distancia —entre lo que el puesto quiere parecer y lo que el puesto es— vive toda su estética.
El metamodernismo lo propusieron Timotheus Vermeulen y Robin van den Akker en 2010 como una oscilación entre el entusiasmo moderno y la ironía posmoderna; lo llamaron una ingenuidad informada. Jimenez Lai trajo la conversación a la arquitectura.
En La Palma la oscilación existe, pero conviene ser honesto sobre dónde está. No está en el comerciante: él está trabajando, y no hay nada más sincero que eso. Está en mí. Paso por ahí y no logro estabilizar lo que veo. En una vuelta es un daño patrimonial. En la siguiente es la fachada más viva de Circunvalación. Dejé de intentar decidir.
Alguien está vendiendo para comer. Alguien está clavando algo en un muro del siglo XVIII. Las dos cosas son ciertas y no se cancelan. La diferencia es que de la primera hay estadísticas y de la segunda no hay quien lleve la cuenta.
8No es un accidente
A unas cuadras está la iglesia de Nuestra Señora de Loreto, también colonial, también en el perímetro B. Ahí no hay burladeros y pasa lo mismo. Me pareció incluso más saturado: el comercio usa el muro trasero directamente como base y construye a partir de ahí.
Loreto sirve para aislar la variable. El burladero no causa la apropiación; un muro basta. Lo que hizo el burladero fue industrializarla: le dio módulo, alineación y repetición a algo que ya venía ocurriendo a mano.
Loreto agrega un dato incómodo. El edificio está siendo intervenido por daños estructurales y el comercio sigue igual. La institución llega hasta la piedra y ahí se detiene.
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9Coda
No propongo salvar la parroquia ni desalojar a nadie. Propongo cambiar la lectura.
La arquitectura de una ciudad no es nada más lo que se proyectó y se construyó. También es lo que después se le recargó encima, lo que le pasa enfrente, lo que la tapa y lo que la usa. En Circunvalación esa segunda capa tiene más color, más información, más mercancía y más movimiento que la primera. Por eso gana. Todos los días, sin junta de diseño.
La Palma no está oculta. Está debajo. Y hay una diferencia: lo oculto se descubre; lo que está debajo hay que aprender a leerlo. La ciudad escribió encima del edificio y su letra es más grande.
Ahora paso por Circunvalación y la veo siempre. También empecé a ver las otras: la cortina metálica que se comió una portada, el anuncio que se volvió pretil, la lona que hoy remata una esquina. Ese es el problema de nombrar algo.
Ya no se puede desnombrar.
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